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EL PEREGRINO EN ROMA
Luego de interminables avatares, Roque entró a Roma, la ciudad de santos y mártires.
El peregrino entre rezos y meditaciones pasaba largas horas ante las sagradas tumbas de los apóstoles de Jesús.
En aquellos tiempos peregrinar estaba en boga, las más atractivas eran: Tierra Santa, Santiago de Compostela y
Roma.
Siempre en Roma había muchos peregrinos, en esta ocasión uno muy singular, llamado Roque era la noticia y las
gentes acudían a verle, entre estas ilustres personalidades de la iglesia.
Los nobles de Roma, querían alojarle en sus palacios, él no aceptaba, prefería estar al lado de los humildes.
Recorría las calles el joven Roque, siempre buscando
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pobres y enfermos para servirles y la gente que le conocía,
decía: "Por ahí va el Santo…".
Un alto purpurado de la iglesia, enterado de las virtudes del Santo, le aconsejó ingresar a una orden sacerdotal,
diciéndole además, que informaría al Santo Padre Juan XXII, que residía en la ciudad francesa de Avignon, de su
vida santa al servicio de los necesitados, lo que le abriría el paso al cardenalato, lisonjeras palabras que se
estrellaron en la humildad de Roque, “¿un pobre pecador ser miembro del cuerpo de cardenales?” la idea no cabía
en su mente y decidió abandonar Roma, después de tres años de permanencia.
Lo que si aceptó es ser miembro más de la Tercera Orden Franciscana.
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ROQUE PACEDE LA PESTE
Había oído decir que en Plasencia, ciudad italiana a orillas del río Pó, la peste causaba estragos, el peregrino
tomó esa dirección, demostrando a los ojos del Altísimo el insaciable deseo de socorrer a los apestados.
El aterrador espectro de la peste se fijó en las retinas de Roque: Cientos de gentes morían sin auxilio en los
alrededores de la ciudad y en las calles, cuadros desgarradores de miseria, el hospital repleto de seres que
clamaban piedad sin ser escuchados, espectáculos que partieron su alma generosa.
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De inmediato comenzó la tarea, esta vez no le costo mucho ser admitido por el director del hospital, diligente se
lo veía prestando socorro a cuantos podía, el día se hacía noche y de nuevo el día sin descansar, desafiando así
a su fortaleza.
Hasta que, en la penumbra de una noche, mientras se entregaba al reposo escuchó una voz, que le decía: “Roque, mi
amado hijo, ahora tu vas a padecer los males de la peste… en sacrificio de los pecadores…”
Al despertar sintió frío, oró al Padre Eterno y reanudó su trabajo de buen samaritano, pronto una intensa fiebre
sacudió su cuerpo, fortísimos dolores le invadieron, Edmundo giraba a su alrededor, sus ojos se nublaron y cayó,
necesitaba ayuda y nadie se la dio. Arrastrándose salió del hospital y sacando fuerzas de flaqueza comenzó a
caminar a tientas por las calles que la autoridad prohibió transitar a los apestados, a fin de evitar contagios,
muchos que recibieron ayuda lo vieron y no lo socorrieron, una vez más la ingratitud mostró sus negros
sentimientos.
Solitario, siguió adelante, no diremos que estaba solo porque lo acompañaba Dios, se refugió en una cueva del
Monte Sornato, la fiebre le consumía, tenía sed, muchísima sed… buscó agua y no la encontró, volvió a la cueva
encomendando su alma a Dios y se durmió.
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LA MISERICORDIA DIVINA
Cuando despertó, de la roca seca brotaba agua cristalina que calmó su sed, sintió hambre y vio un perro que le
ofrecía pan.
¡Dios misericordioso lo salvó!
El perro todos los días a la misma hora, levantaba un pan de la mesa de su rico amo Gotardo y velozmente corría a
la cueva del enfermo.
La curiosidad indujo a Gotardo a seguir al perro, descubriendo la verdad, pensó: "Si los animales ayudan a este
hombre de Dios, nada impedirá que le ayude yo".
Desde ese momento Gotardo cuidó a Roque, aunque este rehusaba, diciéndole: "No te acerque a mí, estoy apestado,
puedes contagiarte".
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No me importa – le contestaba – no puede ser mi perro más generoso que yo.
Gotardo imitando a Roque abandonó su palacio convirtiéndose en pobre y humilde y los dos amigos en el sufrimiento
encontraron la paz.
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