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NACE UN NIÑO
A fines del siglo XIII, en el reinado de Jaime II, los demonios del reino de Aragón, se extendían hasta el
contado de Montpellier, cuyo gobernador era Juan Rog, noble y rico señor feudal, casado con la aristocrática
dama Doña Libera, la vida trataba bien al matrimonio tenía: salud, fortuna, el cariño y respeto de los súbditos
y demás aderezos que dan bienestar, a no ser la pena que ambos les deprimía al no poder tener descendencia.
Don Juan Rog ferviente católico gobernaba en paz y justicia, doña Libera entregada a Dios, a la caridad y a la
oración.
Cierto día en que sumergida en oración se encontraba, escucho la
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voz del Señor que le decía:”Confía, hija mía,
tendrás un hijo que será la alegría de tu hogar y proclamará por todas partes mi nombre y amor”.
Pasaron los meses y vino a alegrar el cristiano hogar un hermoso, fuerte y robusto niño, por ello le bautizaron
con el nombre de Roque, derivado de roca, además el recién nacido llevaba en la espalda una cruz roja, “¿qué
significado tiene esa cruz? Se preguntaban los que la vieron”.
Era el año del Señor de 1295.
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INFANCIA Y JUVENTUD
Su infancia fue normal, sin nada que llame la atención, su crianza orientada a ser un hombre de bien, dentro de
las prácticas del evangelio.
A los doce años de edad perdió a su amado padre, quien antes de morir le dio sabios consejos, que por siempre
los guardó en su corazón. Su buena madre elevó su alma al Señor, cuando Roque tenía veinte años.
Un día Roque, leyó el regio testamento que le dejó su padre, que le decía dueño y señor de extensas tierras
agrícolas, de cuantioso
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dinero, sucesor de la gobernación de Montpellier y de todos los beneficios que en vida
gozaba el difunto, en cierto momento cuando más se elevaba hacia el Supremo Hacedor, escuchó una suave voz que
le decía: "Roque, no olvides lo que yo dije en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes, da
el dinero a los pobres y sígueme…"
"El apuesto, elegante joven Roque oró fervorosamente y no dudó más, su cuantiosa fortuna la distribuyó entre
los pobres de la región, la gobernación la traspasó a su tío Guillermo Rog, solemnes honras fúnebres mandó
celebrar en memoria de sus amados padres y así rotas las cadenas que le sujetaban al mundo material, prometió
peregrinar a pie a los Santos Lugares de Roma, sabiendo de los obstáculos que encontraría en el camino, más aún
teniendo en cuenta que solo llevaría la ropa puesta y un pequeño atado sujeto a sus hombros".
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CAMINO A LA PESTE
Comenzó el peregrino la caminata hacia la Ciudad Eterna, muchos días y grandes esfuerzos le esperaban.
Algo inesperado se le presentó, que cambiaría en destino de su vida.
Al paso por Acquapendente, ciudad italiana en la provincia de Viterbo, encontró una infinidad de apestados, que
morían sin ningún auxilio, en el hospital por temor al contagio era imposible encontrar quién atienda a los
desgraciados enfermos, ni los más pudientes que ofrecían fuertes cantidades de dinero encontraban un enfermero,
solo algunos voluntarios religiosos socorrían a los más necesitados.
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Ante tan desolador espectáculo, la caridad cristiana iluminó el rostro de Roque y se ofreció al director del
hospital para cuidar de los enfermos, pero fue rechazado, sus modales y su ropa le delataron, como a uno de la
nobleza incompetente para esos menesteres, aparte estaba en su contra la responsabilidad que asumía el que
autorizase tal proposición.
El joven suplicó una y otra vez, con una serie de argumentos divinos, hasta que venció la resistencia del director.
Desde ese momento se puso al servicio de los enfermos, a los que trataba con amor, les brindaba la esperanza y
consuelo que necesitaban, demostraba empeño y dedicación en curarles lo cual, hizo que en pocas horas ganase la
simpatía de todos.
Recorría las salas llevando la ayuda que necesitaban los apestados, les hacía rezar avivando su fe, su empeñosa
caridad se esparcía por todas las camas, los que le veían decían: “Un ángel ha bajado del cielo”.
La horrible peste pasó en Acquapendente, Roque reinició la marcha rumbo a Roma, más, encontró otras ciudades que
sufría el inclemente azote de la peste, entre estas Rimini en la provincia de Forti, junto a la desembocadura del
río Marecchia en el mar Adriático, en esta antigua ciudad se repitieron las escenas de caridad por amor a Dios y
al prójimo.
“Los apestados colmaban las calles y alrededores de la castigada ciudad, Roque los curaba, los alimentaba, los
trasladaba a mejores sitios, sin temor al contagio les abrazaba y besaba, dándoles alimento y vida, tal como lo
hubiera hecho Jesús”.
Lo mismo ocurrió en la cercana ciudad adriática de Cesena, cuanta dedicación y amor.
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