Esta simpática costumbre es una muestra de reconocimiento y gratitud al amigo fiel, que cuando Roque era víctima
de la peste en la norteña ciudad italiana de Piacenza, a orillas del río Po, un can lo alimentaba llevándole un
pan en la boca, además de lamerle sus heridas mitigando su dolor.
Terminada la solemne misa, estallan en alegría las jubilosas campanas de la iglesia. Alzado en andas sobre los
hombros de los fervientes devotos, por la portada del templo se asoma la imponente imagen del “Santo Curandero”,
dispuesto a recorrer las calles del pueblo, para sofocar y socorrer con su poder cualquier mal que pudiera
amenazar la ciudad de su protección.
Exaltando su labor de peregrino, en su mano izquierda sujeta un bastón de donde cuelgan un pequeño turbante de
los Promesantes Chunchos y una ollita de plata, que representa el depósito de las pestes. En su mano derecha
sostiene una cadena sujeta al collar de su pequeño can, quien en una dócil posición con su patita suspendida,
ofrece a Roque un panecillo asido en su boca.
Los promesantes Chunchos, en el peregrinar por las calles de la ciudad, van y vienen bailando emparejados
al frente de la imagen del Santo, al son de aquellos tamboriles y de nuestra música nativa con las
melódicas quenillas, al ritmo paso del tañir de sus pequeños cañizos, al golpear contra los maderos que
llevan en sus manos.
De regreso a la iglesia, al terminar con la proseción, en el atrio de las afueras del templo, aquellos
experimentados Chunchos efectúan una diversidad de danzas, llenas de figuras y colorido. Los promesantes
más diestros, tienen la costumbre de realizar exhibiciones acrobáticas, donde hacen gala de su fuerza
atlética, agilidad y pericia, efectuando verdaderas y audaces pirámides humanas.
Esta práctica, sin duda, es una especie de homenaje a la fortaleza de Roque y a la arriesgada labor a la que
se entregó durante su vida, nuestro Santo Peregrino.